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Vallanca. La señora virginal de la sierra.

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Vallanca. La señora virginal de la sierra.

Sin lugar a dudas, una de las principales señas de identidad de este territorio sorprendente, es la piedra y las construcciones que con ella se han erigido. Decía Alvar Aalto, que la arquitectura primitiva bien podría ser denominada la “genialidad del descubrimiento”. Esa belleza formal, la racionalidad, dentro de esa seductora y misteriosa rusticidad megalítica, la encontramos en las humildes y ancestrales barracas de piedra en seco, que vemos esparcidas también por todo el paisaje del Rincón de Ademuz. Pero es, sin duda, uno de los principales exponentes, por su grandiosidad tectónica, la de “Josezón”, sita en la partida de “El Cerro”, en Vallanca. En esta construcción rectangular, de techumbre térrea y vegetal y fachada orientada a levante, las piedras voladas de la pared interna se van cerrando hasta formar una  falsa cúpula, con un arco recto en el centro apoyado en recios contrafuertes. Tiene, pues, un gran valor arquitectónico y antropológico, también ecológico, por su funcionalidad y su integración a ese paisaje rural que ayuda a mantener.

Otros monumentos pétreos importantes de esta población, serían la Iglesia “de Ntra. Sra. de los Ángeles” en la que destacan los magníficos esgrafiados del siglo XVII de su interior, recientemente restaurados por Andrés Garbino, con pinturas en las claves de la bóveda central del artista alcireño José Antonio Espinar. Un templo que haría tándem con el “de San Antonio de Padua”, situada en la aldea de Negrón. Así mismo, se podrían reseñar varios molinos harineros como el molino de la “Villa”, del XVI, uno de los más antiguos de la comarca, de la misma época que la “Casa Abadía”, recientemente restaurada. También edificios como la “Casa Pósito”, el dieciochesco “Granero municipal”, o la Ermita de “San Roque”, ubicada en un espectacular mirador, encima de la zona denominada  “La Covatilla”, que presenta planta en forma de cruz latina y bóveda vaída en el crucero, poco habituales en la arquitectura comarcal, siendo, además, espectacular el trabajo de carpintería de la cubierta. También es destacable la misma arquitectura popular, con bastantes casas muy bien conservadas con solanares de madera como la “Casa del practicante”, en un atractivo casco urbano escalonado de calles estrechas y sinuosas. Igualmente, en la aldea de Negrón, encontramos interesantes manifestaciones de viviendas con aleros y balcones volados abiertos al sur.

Por otra parte, es muy atractiva, también, la misma ubicación de este municipio que, a pesar de ser la segunda parroquia parroquia del Término General de Ademuz, su independencia administrativa no llegó hasta el 14 de abril de 1.695. Entonces fue nombrada Villa Real, por privilegio real dado en Madrid por Carlos II, lo que la convirtió en la tercera población con esta distinción en la comarca, después de las dos villas históricas: Castielfabib y Ademuz. Así pues, Vallanca se desparrama con sus casas en la ladera de un alto cerro. Una atalaya que domina imponente el fértil valle que forma el Bohigues, con huertas de cereales, hortalizas y frutales, especialmente manzanas, además de la omnipresente almendra y su afamada nuez.

El río conforma una estrecha vega, relevante por su abundante vegetación, así como por la naturaleza geológica de las laderas. En su atractivo recorrido, uno de los más bellos de Valencia, se localizan singulares ramblas o barrancos como el de “La Boquilla” o el del “Caño”, con su agreste desfiladero. Resaltan parajes como el de “Las Hoces”, con sus cascadas y saltos, el de la “Pinada de la Umbría”, el de la “Piedra Esbarosa”,  el de la “Fuente del Chopo” o la “cueva del Hocino”; también árboles monumentales como la “Carrasca de Somonegrón”, la “Sabina del Plano” o el “Álamo” más grande de la Comunidad Valenciana. Joyas de la naturaleza como otros árboles centenarios que se pueden encontrar a lo largo de un término rodeado de montañas que merecen otra visita.

También es muy valioso el patrimonio festivo, con ritos ancestrales como la romería de Santerón, desde su ermita en la Sierra de Santerón en la provincia de Cuenca, donde, anualmente y cada siete años, se congregan gentes de uno y otro lado de la frontera castellano-valenciana, en un rito, que según Fernández Ardanaz, está vinculado a antiguas tradiciones celtíberas. Ritos en las que el santuario (“Santerón”), en el centro, actuaría como sede de reuniones de las poblaciones (pequeños “oppida”) del territorio. Este Septenario esta declarado Fiesta de Interés Turístico Local y en las actuales celebraciones, además de los actos religiosos, no faltan los bailes al son de la pita y la caja, pues esta villa cuenta, con una rica tradición musical popular, única en la comarca. No podían faltar a esta cita los expertos “gaiteros” vallanquenses para honrar a la  Virgen de Santerón: “La virginal desposada de Vallanca, reina y señora de estos montes…”